Abres un archivo .mid aquí mismo, en el navegador, y se convierte en una partitura que avanza por la pantalla. Eliges el tempo — de 30 a 160 por minuto — y tocas con ella, leyendo la melodía mientras pasa. Después abres los cifrados y plantas los acordes donde entran: compás a compás, medio compás o tiempo a tiempo. Y la música se queda: cada archivo que importas entra en Mis canciones, y un toque reabre la pieza ya cifrada, tal como la dejaste. No se envía nada a ninguna parte: todo ocurre dentro del navegador, y el archivo no sale de tu dispositivo.
Esto no es un conversor. No sale ningún PDF, ni MusicXML, y no se puede editar ni imprimir la partitura. Y los cifrados son tuyos: eliges cada acorde, uno a uno — la app no adivina la armonía del archivo.
Partitura de libro, avanzando en la pantalla
El papel no avanza. Para leer una pieza al tempo al que se toca de verdad, con la línea del tiempo pasando bajo tus ojos, el papel no puede ayudar: quien decide cuándo se pasa la página eres tú. El archivo MIDI es el camino que existe para llevar una pieza quieta hasta un formato que se mueve — y es lo que hace esta pantalla con el archivo que traigas. Para probarlo antes con una pieza que ya está aquí, el juego de tocar música leyendo partitura trae una.
El MIDI no guarda el cifrado — por eso lo plantas tú
Un archivo MIDI guarda qué nota sonó, cuándo y durante cuánto tiempo. No guarda la clave, no guarda la armadura y no guarda los cifrados: el acorde escrito encima del pentagrama, en el libro, no sobrevive a la travesía. Plantar el cifrado, entonces, no es crear ningún arreglo — es devolver lo que el formato perdió por el camino. Y lo que queda en la pantalla, melodía abajo y acorde arriba, es lo que en el mundo se llama lead sheet, o partitura con cifrado.
Son tres modos, y el tercero existe por culpa del cifrado. En Estudio, la partitura se detiene en cada nota y espera a que toques la correcta. A tempo, avanza con metrónomo y mide tu ejecución — las notas correctas y la precisión de cada ataque. En Acompañar, avanza a tempo y no mide nada: es el modo de quien está tocando la armonía, que son notas que la melodía nunca escribió. Respondes en el piano de la pantalla, en el teclado del ordenador, en un teclado MIDI conectado al ordenador o tocando frente al micrófono.
La lista se llama Mis canciones y es de este aparato: caben 60. Cuando se llena, la pieza suena igual — la pantalla avisa de que no cupo, y no se borra nada antiguo para hacer sitio. Borrar una canción de la lista tampoco borra sus cifrados: la identidad es el contenido del archivo, no su nombre, así que reimportar el mismo .mid trae el cifrado de vuelta. Para llevar el repertorio del ordenador al móvil, puedes exportarlo todo — archivos y cifrados — en un solo archivo; al importarlo del otro lado se suma a lo que ya hay, sin borrar nada. Guardar es local, como la lectura: no sube nada a ningún servidor, y limpiar los datos del sitio en el navegador se lleva las canciones. Para eso existe la exportación.
El archivo pasa por una puerta antes de volverse partitura. Lo que no cabe en una rejilla de figuras se rechaza, con el motivo escrito en la pantalla, en vez de dibujarse torcido: una grabación en directo, con el tiempo humano de quien tocó, no es una partitura, y los tresillos quedan fuera. El límite es de 512 KB por archivo. Y la lectura es de una sola línea: donde el archivo tiene un acorde, entra la nota de arriba. Funciona directamente en el navegador, en el ordenador, la tableta o el móvil, sin instalar nada.